El largo camino de un dermatólogo latinoamericano
hacia los Estados Unidos

A Latin American Dermatologist’s long journey to the United States

Carlos García
Universidad de Oklahoma, E.U.

 

En un artículo que apareció recientemente en el New England Journal of Medicine, el autor reflexiona acerca de su experiencia como tutor de médicos extranjeros en Australia para ayudarlos a obtener licencias de trabajo en ese país. Este médico ha realizado esa labor por muchos años y —un tanto cansado y presionado por múltiples obligaciones— se pregunta si ha llegado el momento de renunciar. Se describen varias historias conmovedoras, empezando con la de un ortopedista ruso que tiene muchos problemas para aprender cómo tratar los infartos al miocardio y cómo su incapacidad le provoca frustración, al igual que a sus compañeros de clase. La siguiente es sobre un iraquí, cirujano torácico, quien tiene que trabajar cuidando ancianos en un asilo para poder mantener a su familia; aunque este médico disfruta enormemente las clases y sueña con trabajar como médico, sus obligaciones financieras y familiares le orillan a abandonar el curso en forma definitiva. Otro caso es sobre una médica musulmana que tiene que enfrentar problemas con su marido, quien se opone a sus esfuerzos por integrarse a la sociedad occidental, criticando su conducta y manera de vestir.

Finalmente, el caso de un médico chino que trabaja como obrero en una fábrica y es objeto de burlas por su marcado acento al hablar inglés. En fin, una serie de experiencias más allá de la medicina que hacen mella en el autor, quien se da cuenta de las dificultades que enfrentan estos extranjeros, así como de los inmensos sacrificios que tienen que hacer para realizar sus sueños en un país extraño. Se pregunta si valdrá la pena tanto esfuerzo, sin embargo, reconoce lo afortunado que es él mismo ya que su padre fue quien superó las dificultades de emigrar y logró dar a su familia una vida con mejores oportunidades.

La situación es muy similar a la que enfrentan los médicos latinoamericanos que emigran a los Estados Unidos, por lo que a continuación describo el proceso que se debe seguir para establecerse como dermatólogo en ese país, esperando que la información sea útil para los interesados en el tema.

Por principio de cuentas, no importa si el médico está certificado por el consejo de dermatología en su país de origen, si tiene mucha experiencia y publicaciones o si incluso es un maestro reconocido. Si alguien quiere trabajar como dermatólogo en Estados Unidos, primero debe hacer una residencia o cursar una subespecialidad. Para ello, necesita obtener una licencia médica en algún estado de la Unión Americana, lo cual se logra pasando los exámenes de certificación para médicos extranjeros por parte de la ECFMG (Educational Commission for Foreign Medical Graduates). Estos exámenes tienen un costo aproximado de 2,500 dólares e incluyen tanto ciencias básicas como clínicas, además de la parte que corresponde al idioma inglés. Obviamente, los exámenes tienen un alto grado de dificultad, sobre todo para aquellos médicos que se graduaron muchos años antes. Una vez certificado, el médico debe hacer una solicitud a los diferentes programas de residencia para realizar un año obligatorio de internado que puede ser en medicina interna o cirugía. La ECFMG ofrece un directorio de programas de residencias que incluye la localización, con dirección exacta y el nombre del jefe de servicio a quién dirigirse. Entonces, los programas interesados en el candidato mandan un paquete de información sobre la residencia y una forma oficial de solicitud; ésta debe regresarse junto con cartas de recomendación de la escuela de medicina donde se graduó y una copia oficial de sus calificaciones, lo cual constituye en sí misma una nueva dificultad, ya que al menos en México, uno pierde completamente el contacto con su propia universidad. Todos los documentos deben ser notariados y traducidos al inglés.

El siguiente paso es acudir a entrevistas personales acerca de los programas mencionados, lo cual implica gastos de transporte, hospedaje y alimentación. Por este motivo, es recomendable mandar las aplicaciones a la misma ciudad o estado y programar las entrevistas en fechas similares, de manera que se pueda asistir a varias en un solo viaje. Las entrevistas tienen por objeto conocer más sobre el candidato, sus razones para buscar entrenamiento en los Estados Unidos, su conocimiento médico en general y su habilidad para comunicarse en inglés. Una vez terminado el ciclo de entrevistas, el médico debe inscribirse en el Programa de Correspondencia de Residentes (National Resident Matching Program o NRMP), cuyo costo aproximado es de 40 dólares. El NRMP es un sistema computarizado que compara preferencias del candidato con las de programas de entrenamiento y asigna los lugares para internado. Tanto el candidato como el programa envían una lista de preferencias en orden descendente y la computadora asigna los lugares según el nivel más alto de correspondencia entre ambas listas. Si el médico es seleccionado, se le notifica en unas semanas el lugar y la persona con quien realizará su internado. Es entonces cuando se debe proceder a obtener una visa J-1 en la embajada de los Estados Unidos, la cual le permitirá emigrar temporalmente mientras cursa su entrenamiento.

Después del internado, se procede a pedir solicitudes para residencias de dermatología, las cuales se asignan siguiendo un proceso similar al previamente descrito.

Cabe mencionar que actualmente en Estados Unidos la especialidad de dermatología es la segunda más codiciada después de la cirugía plástica y se deberá competir contra los mejores estudiantes de medicina del país, lo cual disminuye significativamente las oportunidades para los extranjeros.

La residencia se cursa en tres años adicionales y al final se debe presentar el examen del American Board of Dermatology. Una vez pasado este examen, el médico puede decidir entre ejercer como dermatólogo general o buscar entrenamiento adicional en cirugía dermatológica, dermatopatología o dermatología pediátrica. La visa J-1 requiere que al terminar su entrenamiento el médico extranjero salga del país por un periodo mínimo de dos años. Una vez cumplido este requisito, cualquiera de las diferentes universidades estadounidenses puede solicitar que el médico regrese con una visa de trabajo H-1, la cual es renovable hasta por siete años. Durante este periodo, el médico sólo puede trabajar para la universidad que lo patrocina. Posteriormente se solicita la residencia permanente (Green Card), la cual le permite trabajar en otras universidades o en práctica privada y, después de algunos años, solicitar la ciudadanía estadounidense.

Yo me fui de México a los Estados Unidos en 1991 ya siendo dermatólogo y actualmente estoy en el proceso de hacerme ciudadano. A diferencia de los extranjeros descritos en el citado artículo del NEJM, nadie me ha discriminado nunca y tanto los pacientes como los médicos, e incluso los propios vecinos, me han tratado de maravilla. Las mayores dificultades que he enfrentado se relacionan con el idioma.

Por ejemplo, recuerdo que la primera vez que tuve que entrevistar a un paciente anciano y sin dientes no pude entender una sola palabra de lo que me decía; obviamente no pude ni hacer su historia clínica ni proponer diagnóstico y tratamiento, por lo que mi médico adscrito, basado en ésta y otras experiencias similares durante mi primer mes de internado, me dio una calificación muy baja. Durante mi evaluación también comentó que no se explicaba cómo ¡alguien tan ignorante como yo podía haber pasado los exámenes para extranjeros! En fin, poco a poco mi inglés mejoró y pude terminar mi residencia y subespecialidad en cirugía dermatológica. Ahora trabajo de tiempo completo en la Universidad de Oklahoma y aunque sigo con un acento muy marcado, ya no tengo mayores problemas de comunicación.

Con el paso del tiempo he podido identificar diferencias importantes entre la práctica dermatológica en México y los Estados Unidos que vale la pena mencionar. Estas diferencias incluyen no sólo el tipo de patología que se ve, la estructura educativa de la residencia y los sistemas de compensación económica, sino también la filosofía que se sigue con respecto a la formación de dermatólogos. En mi opinión, el mayor contraste tiene que ver con el número de dermatólogos que se gradúan anualmente en los Estados Unidos (aproximadamente 300) y que generalmente es menor al número de dermatólogos que se retiran. Esto condiciona que haya abundantes oportunidades de trabajo en casi todos los estados del país, que los dermatólogos tengan una lista de pacientes desde el primer día de trabajo y que los salarios sean muy generosos desde el principio. No es raro encontrar que un paciente de primera vez tenga que esperar dos meses (tanto en universidades como en la práctica privada) para ver al dermatólogo, a pesar de que en promedio éste suele ver entre 35 y 50 pacientes por día. De hecho, esta relativa carencia de dermatólogos ha provocado un aumento importante en la contratación de enfermeras y asistentes médicos que trabajan en las clínicas dermatológicas viendo pacientes de primera vez y de seguimiento, además de realizar procedimientos como biopsias y extirpaciones quirúrgicas. Este escenario contrasta claramente con lo que yo viví en México, en donde no existe un control sobre el número de dermatólogos en formación, mientras que las oportunidades de trabajo para dermatólogos nuevos son más escasas. Desconozco la situación laboral en otros países de Latinoamérica, pero conversaciones informales con amigos me hacen pensar que son similares. ¿Por qué esta diferencia tan marcada? La respuesta es simplemente: planeación.

Creo que en México y otros países latinoamericanos se ha prestado poca atención al número de residentes que se requieren en la especialidad, pues de acuerdo con las oportunidades de trabajo y el exceso de dermatólogos en algunasáreas, se dificulta el desarrollo profesional y económico de los recién egresados.

Indudablemente, la mayoría de los nuevos dermatólogos latinoamericanos escogerán quedarse en sus países de origen e invertir el tiempo y esfuerzo necesario para establecerse a través de los años. Sin embargo, algunos otros emigrarán al norte del continente, con la esperanza de enfrentar condiciones económicas un poco más favorables.

Al final, ambas opciones son viables y cada quien debe escoger la que mejor le acomode de acuerdo con su personalidad y valores.

 

Referencias

1. Srivastava R, “A bridge to nowhere. The troubled trek of foreign medical graduates”, N Engl J Med 2008; 17 (358): 216-219.