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¿Es posible hablar de una dermatología latinoamericana
Martha Miniño |
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Tradicionalmente, la dermatología de nuestros
libros de texto ha sido escrita por autores en su
mayoría anglosajones o europeos, sólo hace unos
30 años o más encontramos nuevas publicaciones de autores
de origen latinoamericano, como Saúl Falabella, Arenas,
Azulay, Bogaert, Rondón y Conde, quienes también, de una
forma u otra, han seguido parte de las líneas definidas
desde los “blanquitos del norte”. Si revisamos textos importantes como, por ejemplo, la última edición del Rook, encontraremos que casi al final del
cuarto volumen se dedican unas pocas páginas a lo que los
editores denominan “dermatología étnica”. Más recientemente,
en el XXI Congreso Mundial de Dermatología, nos
dimos cita con la estadounidense Susan Taylor y la brasileña El hecho de que se haya creado un simposio específico
para la piel de color hace patente ese predominio de lo que
pudiéramos llamar una “dermatología blanca”. Sin embargo,
las enfermedades son las mismas, lo que varía es cómo
las manifiesta el paciente. Desde el Tierra del Fuego hasta el río Grande, cruzando
por el territorio estadounidense y el de Canadá, existe
una diversidad humana increíble, mezclas biológicas y de
culturas que han convertido al continente americano en un
enorme caldero de experimentación, lo que ha dado lugar a
una cultura e idiosincrasia característica que se refleja también
de forma distinta en las patologías cutáneas. Esta situación
obliga al residente —tal como me ocurrió al llegar a
México— a preguntarse a cuál libro o descripción acogerse,
ya que nada parece adecuado para ver y manejar lo que
observamos en un país o en otro. Nos preguntamos entonces si podemos concebir una
dermatología latinoamericana y si realmente se ha definido
una dermatología del mestizo. Pensamos que la respuesta
para ambas preguntas es no. A pesar de que se han creado
escuelas muy representativas en cada una de las regiones de
América Latina, la dermatología latinoamericana depende
de muchos factores: culturales, genotípicos, fenotípicos,
ecológicos y de desarrollo socioeconómico que repercuten
en una determinada región y dan lugar a la manifestación
de patrones específicos. La dermatología que se hace en Argentina, con grupos
mayoritarios de fototipos II y III, con minorías muy escasas
de tipos IV y V, no será la misma que se realiza en Bolivia,
Brasil o las Antillas. Las razas predominantes, las costumbres
y, sobre todo, el medio, la región geográfica junto con
el grado de desarrollo de un país, son factores primordiales
a tomar en cuenta y que determinarán un proceso propio de
cada región y cultura. El flujo migratorio entre diferentes regiones ha permitido
la mezcla racial, que a su vez conlleva una mayor diversificación
genética; ello aunado a la adaptación de las personas
a los ambientes, los cuales, junto con el grupo de
manifestaciones culturales, inciden en la expresión cutánea
de numerosas patologías. La expresión fenotípica de esta amalgama genética ha permitido el progreso de patrones que se salen de los esquemas
pautados por la dermatología tradicional, lo que obliga
a que el planteamiento diagnóstico se diversifique y se torne confuso ante el tratante no experimentado que se enfrenta
a estas variaciones raciales. Asimismo, dadas las características socioculturales de
nuestros pueblos —en los que existe un marcado crecimiento
demográfico, muchas veces con pobres condiciones
sanitarias—, hay un auge de enfermedades que en otras
latitudes se ven escasamente y que, sin embargo, aquí pueden
tornarse endémicas y en ocasiones epidémicas. Estos
factores —hacinamiento, insalubridad, escasos medios económicos,
baja escolaridad, entre otros— contribuyen a las Factores como la geografía, la ecología y el clima también
contribuyen para que nuevas u olvidadas entidades surjan,
o bien, experimenten modificaciones en su expresión. Esta variabilidad permite que pieles claras contengan
características de pieles negras o fototipos V o VI, como
fibras colágenas más gruesas, que les confieren mayor resistencia,
o bien marcada tendencia a la hiperpigmentación o
presencia de melanosomas más gruesos. A pesar de que la terapéutica es esencialmente la misma,
podrán surgir modificaciones a dichos patrones según
los cambios morfológicos presentes, por ejemplo, la dermatitis
seborreica en cara en el mulato, puede expresarse como
placas grasas eritemato-hipocrómicas que precisan, además
de su manejo, el uso de sustancias exfoliantes y humectantes,
entre otros, para la homogenización del color, ya que
además de que es una lesión inflamatoria, se convierte en
una preocupación cosmética importante; el liquen plano
en mulatos puede convertirse en un verdadero dolor de cabeza
cosmético tras su resolución, o bien las lesiones de
halo nevus son más notorias en personas de tez oscura. Dada la globalización, la constante mezcla de razas se
traduce en una masa heterogénea que denominamos mestizos,
los cuales cuentan con una carga genética que puede
ser rastreada en casi todos los continentes y que permite el
desarrollo de enfermedades que otrora se consideraban
exclusivas de ciertos grupos, o bien su expresión, gracias al
fenómeno del mosaicismo, con rasgos parciales. Pero lo más importante, más que estas enfermedades
infrecuentes, es la morfología tan diversificada del día a día
que podemos observar en estas pieles y cómo la conducta
biológica puede experimentar cambios y desviarse por lo
pautado en los libros de texto tradicionales, lo que incluye
respuestas muy variables, distintas o ausentes ante la terapia
antes propuesta, por ejemplo, el tratamiento del melasma
en un fototipo II puede en la mayoría de los casos resultar
bastante fácil, sin embargo, pieles de fototipo III y IV representan
verdaderos retos, y como relata Tania Cestari, encontraremos
múltiples variaciones en el melasma alrededor
del mundo. No podemos hablar de una dermatología latinoamericana sin constatar que existen demasiadas variaciones raciales en toda nuestra geografía, todos los fototipos, múltiples formas de expresión cutánea. Se impone pues, más que crear una dermatología latinoamericana, el desarrollo de la dermatología regional en todas sus fases; comparar, verificar qué rasgos nos unen y nos son comunes, para con ello unificar criterios, definir como latinoamericanos una verdadera dermatología de nuestros países para no tener que depender de lo dictado por los maestros anglosajones, para crear y definir juicios y argumentos sólidos; para que se convierta en cosa de historia aquello de que el color de nuestra piel sea tema a tratar sólo en unas pocas páginas al final de un apretado volumen.
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